Lo que aprendí en ocho años de ser freelance


Hace años solía pensar que jamás trabajaría en una oficina, sentada durante ocho horas del día. Quería, según yo, vivir y no ser parte de una rueda de caballitos en que la rutina me absorbiera. Deseaba, según yo, libertad.

Salí de la universidad y mis ideas pasadas murieron: me gradué en la época de la crisis inmobiliaria, de los despidos masivos, de la carencia de trabajos. Ya no me molestaba pasar mi día en una oficina sin ventanas y en que no entrara el sol. Mis compañeros y yo solo queríamos trabajo.

En esa época, varios empezamos la titánica búsqueda de empleo. Mandamos currículums, fuimos a entrevistas… Abundaba la incertidumbre y, en ese ir y venir, muchos decidieron irse del país. Hubo a quienes les fue bien afuera de las fronteras, y a otros no tanto.

A mí no se me ocurrió migrar. Y, a diferencia de los desafortunados, puedo decir que tuve suerte: me ofrecieron impartir clases. Me pagaban por horas, y más o menos así fue la paga por otra gran cantidad de trabajos que empecé a realizar, a la vez que era maestra. Un trabajito por aquí, otro por allá. Pasé a formar parte de eso que llaman trabajo informal. Es decir, me convertí en trabajadora freelance.

La eterna duda: más trabajo o no trabajo… esa es la cuestión. Vía medium.

Si eres freelance, no estás en la planilla de alguien. Te pagan por hora, por proyecto, por día, por resultado. Tú vendes tus servicios. Tú te mueves por buscar clientes. Y poco a poco tejes la red que, después, te buscará para ofrecerte trabajos.

Trabajar de la forma que he descrito antes tiene ventajas y desventajas. ¿Cuáles son? Aquí te dejo una lista de las realidades de esta forma de trabajo:

Eres tú quien administra tu tiempo

… y, a veces, tienes tiempo cuando otros no lo tienen. Por ejemplo, a veces organizaba mi horario como para poder ver una película por la tarde. O iba al centro comercial, a las diez de la mañana, justo a la misma hora en que van las amas de casa, los pensionados y los muchachitos que se han escapado del colegio.

A veces (recalco: a veces) tenía tiempo de sobra. ¿Cuál es la gran trampa de esa ventaja? No utilizar ese tiempo para lo importante: descansar (buena falta hace después), recargar baterías, hacer ejercicio y actualizar los conocimientos.

Puede que uno no tenga dinero para asistir a una capacitación, pero leer libros, investigar en internet y conversar con colegas es una gran fuente de conocimientos. Así que, si eres freelance, no desperdicies el tiempo.

A veces basta con descansar. Vía quiz.theloveofattraction.com.

Puedes andar en pijama

Si me preguntaran por otro beneficio gratuito de trabajar desde casa, diría que es poder andar en pijama. Y desgreñada. ¿Acaso hay algún problema? Ninguno, a menos a que tengas una reunión vía Skype (para eso, bastará con adecentar del torso para arriba).

Pero ese aparente estado de relax requiere de cierto orden planificado. Hay que establecer un espacio fijo para trabajar porque, aunque es cierto que puedes hacerlo en pijama y todo eso, la verdad es que no conviene si lo haces desde la cama. O frente al televisor.

La típica imagen del freelance. Vía parejasorientadoras.com.

Un lugar aireado y con suficiente luz. Aunque no lo creas, siempre habrá momentos en que pasarás “atado” a una silla. Vía tres-estudio-blog.com.

De ti depende el mantenimiento

De las herramientas y del equipo que utilices. A nadie le gusta que su computadora se arruine por un virus que aprovechó la caducidad del antivirus. Y peor si se está a mitad de un trabajo importantísimo.

Empieza con tu computadora y termina con los audífonos. No hay como trabajar con un equipo que rinda al 100 % (y no en una computadora a la que le falla la tecla espaciadora). Vía instagram.com.

Conoces a mucha gente y haces una red de contactos

… Y con ello, hay que imprimir tarjetas de presentación (que sean bonitas). Eso me hace pensar en mis primeras entrevistas para concretar proyectos: me pedían mis datos de contacto y yo, a cambio, entregaba una poco profesional hoja de cuaderno con mis datos garabateados. Más novata no podía ser en aquellos tiempos.

Pero quienes vivan o hayan vivido esas condiciones de trabajo saben que una tarjeta bonita no es suficiente. También hay que hacer un portafolio de trabajo, una lista de referencias personales y laborales y, por supuesto, tener el currículum actualizado, siempre.

Si inviertes mucho tiempo en buscar proyectos y posibilidades de negocio… también deja tiempo para diseñar tu tarjeta de presentación. Vía londoninjunetumblr.com.

Aunque no lo parezca, en este tipo de negocios uno trata con muchas personas. En mi caso, he quedado eternamente agradecida con quienes tuvieron paciencia con mis novatadas. Con la persona que me enseñó a hacer mi primera factura. Con quienes me explicaron los procesos para aplicar a licitaciones. Con la gente que confió en mi capacidad, que me dio mis primeros trabajos, que me recomendó y que tuvieron la paciencia para, incluso, enseñarme.

Pero también conocí a personas complicadas. Algunos clientes me pidieron que les hiciera unicornios azules y lo que habíamos pautado es que les iba a hacer un bonito caballo. Hubo quienes me pagaron salarios casi simbólicos. Hubo gente que me esclavizó. Claro, yo también me dejé esclavizar, no solía decir no, y estaba ansiosa por aprender y engrosar mi currículum. Así que hice lo peor que un freelance puede hacer: abusar de sí mismo. Fui, lo que yo ahora llamaría, una freelance kamikaze, casi suicida.

Pero no todo fue malo. Y no solo conocí a clientes. También entré en contacto con gente que hacía lo mismo que yo o que ejercía trabajos vinculados. En un medio tan solitario como este (uno se la pasa horas completas solo, en casa, frente a la computadora), no hay nada como agregar al Facebook a estos amigos-colegas. O involucrarte en asociaciones enfocadas en tu profesión. Es en estos medios que uno se entera de posibles trabajos, adquiere contactos y más habilidades… ¡ah!, y además, encuentra con quién quejarse.

Reúnanse para tomar un café y hablen de sus logros, de sus tips y de sus tragedias. Vía Buzzfeed.com.

Conoces al gremio. Y empiezas a escuchar que no hay que dañarlo

Como los colegas son tan importantes, no dañes al gremio. Jamás. Establece tarifas competitivas, pero no regales tu trabajo. El primer dañado serás tú, porque tu cliente se acostumbrará, a partir de ese momento, a pagar poco por lo que haces. Y, en segundo lugar, afectarás al gremio, al cual debes cuidar… para que también cuide de ti.

Esta frase jamás debiera ser tu filosofía de trabajo. Vía cursodeorganizacióndelhogar.com.

“Money, money, money… is the freelancer’s world”

No, no es que seas rico. Querido amigo freelance, sé que me entiendes a lo que me refiero. Lo voy a ejemplificar de esta manera: nunca en mi vida había tomado conciencia de lo qué costaba ganarse el dinero. ¡USD 30, por ejemplo, podían ser el equivalente a cinco correos electrónicos y a tres horas de trabajo arduo!

¿Una lección más valiosa que esa? Que el tiempo es vida, y que lo que vendes con cada trabajo es eso… así que tienes que optimizarlo.

Impuestos, recibos, facturas, quedan… todo trabajo tiene su lado aburrido

Aunque al principio me negaba, tuve que entrenarme en cuestiones de impuestos. Y de facturas, recibos y quedan. Redacté propuestas de trabajo, ofertas técnicas y presupuestos.

Aprendí de números. ¡Sí, yo, que había estudiado Comunicaciones!

Si tu numerofobia es alarmante, empieza a aprender desde el principio, y paso a paso. Vía seeingsidney.com.

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El freelance, aunque no le guste, necesita saber de dinero (no solo ser excelente para gastarlo). Vía entrepreneur.com.

También tuve quebraderos de cabeza con el tema de los impuestos. ¡Los benditos impuestos! A veces sentía que en lugar de alentar mi emprendedurismo, el Estado lo que buscaba era ahogarme. “¡Cómo es posible que tenga que pagarle tanto al Estado!”, pensaba.

Era yo la que le daba el mantenimiento a mi equipo, la que lo compraba, la que invertía en mí misma para dar un mejor servicio… era una joven que no se había rendido a pesar del entorno laboral tan incierto. Y, a pesar de ello, el Estado me cobraba, pero no me daba seguridad social ni la posibilidad de, en el futuro, obtener una pensión digna para cuando envejeciera. Me sentía estafada por la vida y por el Estado, a una edad en la que uno debiera sentirse esperanzado.

No todo es como lo pintan

Hay días geniales. A veces te puedes levantar tarde. Pero, aunque mucha gente cree que es una vida divertida, que uno se la vive en la playa y que tiene más de seis periodos vacacionales al año, la verdad es que no siempre es así. Por lo menos, no lo fue para mí.

También hubo momentos duros, muy duros, en los que lo único que quería era escapar. Correr lo más lejos posible y olvidarme de que tenía una montaña de trabajo por hacer.

Y es que hubo días en que gané una buena cantidad de dinero. Y meses en que no vi ni un centavo.

Sleeping alert: ¡Eres humano, así que necesitas dormir!

Hubo noches y madrugadas completas en que no dormí. Llegué a trabajar más de 22 horas seguidas. Hubo proyectos tan largos que parecían nunca tener fin, y con ellos, el cansancio.

En ese entonces, me hubiera encantado que la Lizbeth de 31 años de ahora me diera consejos para la vida, que la vida no se me escapara por un agujero. Necesité una Lizbeth que me dijera:“¡Duerme, a como dé lugar! ¡D-U-E-R-M-E!”.

Sí, a veces uno tiene que desvelarse… pero también hay que estar consciente de que ese tiempo jamás regresará, y que para ser efectivo hay que calcular tiempos razonables, no hacer más de lo que se pueda, no decir  a todo y… dormir.

Dormir es como comer… y es necesario para vivir.

Date descansos y aprende a decir: “¡No!”

En algún momento, los fines de semana dejaron de existir, y las vacaciones también. Y eso ya no fue tan divertido. Era 24 de diciembre y estaba trabajando. Era 31 de diciembre, y seguía haciéndolo.

¿Qué hubiera hecho para ahorrarme tanto dolor? Establecer un horario, metas y calendarizar el trabajo. Y decir: “No, no y no…”.

Si querías una excusa para comprar un bonito planner… ser freelance es un buen motivo. Vía instagram.com/plannershops.

Aceptémoslo: ser freelance implica convertirte en multitasking. Vía webdesigndepot.com.

La buena salud es uno de tus bienes más preciosos

Ahora que lo pienso, también debí haber cuidado más de mi salud. Porque para la mayoría de freelance, la seguridad social y médica dependerá de ellos. Así que todo freelance debe comer bien y hacer ejercicio, porque, si lo vemos de manera práctica, sale más barato eso que las facturas médicas, las hospitalizaciones y las medicinas.

Hacer ejercicio no mata… en lugar de ello, te ayuda a vivir mejor. Vía popartuk.com.

¡Qué época aquella! Recuerdo que hubo tiempos en que corría de un trabajo a otro, como caballo desbocado. Como si vivir no importara. Y que hubo situaciones en que los nervios no me daban para más, porque estaba preocupada, estresada y solo quería descansar. Debí hacerlo. Por el bien de mi salud.

Es necesario conseguir cobertura médica y ahorrar

Darme cuenta de que me era muy difícil obtener cobertura médica por parte del Estado hizo que me propusiera ahorrar. Soñaba con comprarme un carro con ese dinero, pero siempre me detenía la idea de que si llegaba a tener una situación complicada de salud, ese dinero me serviría para el tratamiento y todo lo que conllevara.

Al final, sucedió lo que temí: enfermé de gravedad. No tenía seguro médico y tampoco quería utilizar los servicios médicos estatales destinados a quienes no tienen trabajo formal (en mi país, estos servicios son de pésima calidad). Así que utilicé mis ahorros para curarme.

Sin duda, por esa experiencia a todo freelance le diría: ¡Ahorra, ahorra, ahorra! De repente puedes recibir una buena cantidad de dinero (más de lo que se recibe al mes en un trabajo de ocho horas), pero puede que haya meses en que no recibas nada. N-A-D-A. Y puede que haya periodos de la vida en que tú, o quienes amas, tengan urgencias de dinero (los freelance, por lo general, tienen pocas o ninguna posibilidad de obtener créditos. Así que más vale guardar debajo del colchón).

Siempre hay que tener dinero para las emergencias… y para los periodos de vacas flacas.

Bueno, no en todos los países los freelance viven una situación tan complicada. Si estás leyendo esto y eres trabajador informal, averigua si en tu país existen sistemas que te protejan ante casos de enfermedad, invalidez y accidentes. Puede que no te hayas dado cuenta de que existen. O puede que no los haya (como es el caso de mi país). En ese último caso, recuerda: la vida da sorpresas. Así que prepárate para estas. Si tú tienes que pagarte tu propia cobertura social, hazlo. Es dinero bien invertido.

La libertad también consiste en prever lo inesperado. Vía www.flickr.com.

Otro tema aparte, pero similar, es el ahorro para la vejez. En mi caso, pasé cuatro años trabajando y no estaba ahorrando para mi futura pensión. Nada. Ni un centavo. Hasta que mi mamá (como siempre, los padres, preocupados por el futuro de uno) averiguó que podía cotizar como trabajador independiente. Lo empecé a hacer y, desde ese momento, sentí que tenía una herramienta más conmigo para sobrevivir en la vida.

Todos queremos una vejez tranquila… pero para eso hay que hacer algo. Vía guestofguest.com.


Fueron ocho años… al principio no elegí ser freelance y sí, sí lamento algunas cosas que hice o que no hice. Pero de algo de lo que sí puedo estar satisfecha es de que esa experiencia me sirvió para aprender quién soy, qué quería para la vida y qué es lo realmente valioso para mí. Descubrí que quería la oficina, de preferencia con salida a un patio y con posibilidad de recibir los rayos del sol. Era una opción que también tendría ventajas y desventajas, pero era la que yo quería.

Porque el mundo freelancer es muy bueno, pero para mí no era la opción ideal o, por lo menos, no a largo plazo. Eso sí: fueron ocho años en que, tras enfrentarme sola a la adversidad, vencí muchos miedos y aprendí que tenía más coraje del que creía.