Cuando otro país se vuelve tu hogar

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Cuando otro país se vuelve tu hogar, todo cambia…

“Mamá, me voy”.

Ya está: hiciste las maletas y la cuenta regresiva ha comenzado. Han venido a despedirte personas a las que no veías en años, y otras a las que veías a diario.

Entre historias de “yo he estado allá” y miradas de “yo quisiera ir allá”, te vas perdiendo en un vacío lleno de emociones desconocidas.

¿Qué te obliga a irte sola y dejar tu casa y a quiénes amas?

¿Por qué el país del que te vas no es como el país al que vas?

Cuando menos lo esperas vas caminado con tu maleta de mano y ves hacia atrás con ganas de llorar, pero ocultas las lágrimas para demostrar que eres fuerte y que irte es la mejor decisión que has podido tomar en la vida, aunque te mueras del miedo.

Al llegar a tu destino sabes que realmente la aventura ha comenzado y empiezas a hablar contigo misma y a decir: “¡Qué frío! ¿Dónde estará el taxista?”, “¿Habré tomado la decisión correcta?”. Y, de repente, dejas de preguntar y observas y escuchas a tu alrededor: todo cambió. Los acentos o el idioma son diferentes y las calles nuevas te desorientan. Tu GPS incorporado no funciona y estás allí, preguntando a extraños, usando mapas del metro, caminando despacio para tratar de ubicarte a como dé lugar.

Viajar es vivir.

Llegas al piso compartido, saludas con un: “Hola, perdona, ¿sabes la clave del wifi?…”, y tras minutos de empezar a desempacar lo esencial, al fin dices un: “Sí, todo está bien mamá”, a la vez que piensas que no todo te gusta del cambio de aires, y le agregas un: “Mi habitación es muy grande y mi cama es la más cómoda”, mientras ves a tus otras compañeras de habitación que tratan de adivinar de dónde es ese acento tan raro.

Ya pasaron los meses y tienes amigas, pagas tus recibos, eres oficialmente una mujer adulta que no sabe cocinar, pero sobrevive. Y se van obviando historias, se agregan las fotos en las redes y también te duermes en clases. Vas a fiestas con nuevos amigos para que, al final de la noche, sea inevitable que llames a ese lugar al que todavía le dices: “Mi hogar”.