México, te amo

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Después de varios viajes a Ciudad de México, puedo afirmar que lo que siento es amor.

Así como dicen que las acciones hablan más que las palabras, pues mis acciones te han dado a entender cuánto te amo, querido México. Sin embargo, esta es la primera vez que me abro y te cuento, ya sin pelos en la lengua, de este amor que siento por la Ciudad de México.

El comienzo

No te puedo decir que fue inmediato. Nos conocimos en los noventa y no tengo ningún recuerdo, en lo absoluto. Recuerdo crecer con una vaga idea de las calles del centro, de las posibilidades que contiene la Ciudad dentro de sí… pero no fue sino hasta el 2012 que aprendí más de ti, Ciudad de México. Aprendí a qué saben los buenos mezcales, cómo se moja la ropa con las lluvias de julio y agosto, cómo se ven los murales de Siqueiros y Rivera, y cómo se siente amanecer en la colonia Narvarte.

Aprendí a asombrarme con las multitudes del Zócalo que gritan #YoSoy132, y a ubicarme en las salas de la Casa Azul y el Museo de Arte Moderno. Aprendí a reconocer el esfuerzo y empeño para elaborar la comida más sencilla, y que se escucha en las voces amables de quienes te indican cómo llegar al lugar que buscas: “No, no es esta cuadra; en la siguiente, tantito”. De mí aprendí que el mezcal suaviza las peleas y minimiza el impacto de mis miedos que suelen convertirse en gritos.

De México me traje calcomanías que rezan: “Basta de guerra, que venga la paz”.

El destino

Varias conversaciones, papeles y correspondencia me reunió con la Ciudad de México en dos tiempos. Primero, fue en un hotel solitario en la colonia Roma, del cual recuerdo su mobiliario azulado y los chilaquiles divinos que servían de desayuno. ¡Qué ganas de contraer matrimonio con los desayunos mexicanos! Del hotel al IFAL, y del IFAL al hotel; ese era el ritmo, salvo por el fin de semana en Coyoacán y las idas a la Hostería la Bota, en Isabel La Católica. En la segunda ocasión, renté una habitación sobre Álvaro Obregón que conectaba con facilidad a la retrospectiva de Yayoi Kusama, en el Museo Tamayo, y a las sesiones de comida en Delirio, de Mónica Patiño.

Ambas veces llevé bufandas y suéteres y, al final, no era suficiente ropa: hace frío en noviembre en la colonia Roma o la Zona Rosa, o Roma Sur. Dentro de la mente desubicada, las colonias que no son la Narvarte son intercambiables.

México, sin embargo, no es intercambiable: la Ciudad es única. Y es por eso que siempre me digo: “Algún día me vendré para acá”.

El reencuentro

Para ser honesta, creo que no te merezco, Ciudad de México. En algún momento nos comió la monotonía de vivir lejos, y te dejé de querer igual. Te cambié por otros planes y no hice algo para estar contigo. Dejé de ir a la Feria Internacional del Libro, esa que me permitía verte de nuevo. Pero cerrar la brecha e irte a ver esta última vez me llenó de amor, de nuevo. Reconocer mis raíces y mi cultura en tus paredes y tus colores me llenaron de esa felicidad, una emulsión de paz y afecto.

Subí todo lo que pude subir de los edificios de Teotihuacán, entré al Museo Memoria y Tolerancia, del que nunca había oído. Bailé, caminé, comí y leí. El dolor de irme (y dejarte) me dejó con una gripe de dos semanas. Nunca debí de irme de la Ciudad de México.

Una genuina experiencia en las alturas. Fotografía: Patty Trigueros.

Ha sido un proceso, he disfrutado cada momento y espero que seamos muy felices. Desde donde esté, te seguiré queriendo, Ciudad de México. El amor se extiende hasta varios rincones del mundo, pues no es solo mío. Todo lo que México tiene que ofrecer lo recibe de vuelta, cuando lo sacuden crisis que despiertan a estas fuentes de apoyo regadas en el mundo. Si México sufre, sufrimos todos y nos movemos para reconstruir.