“Un príncipe de Navidad”: un cuento cliché para el desestrés


Muchas películas navideñas suelen ser clichés. Todo es felicidad, villancicos y paz. Puede haber un poco de maldad, pero todo se resuelve. Nieva, y hay mucho rojo, verde y demás colores típicos de la época.

También muchas películas románticas son cliché. Hay un tira y encoge continuo, incomprensiones, peleas y malos entendidos que resquebrajarían cualquier relación, y sobre todo una que apenas empieza o que inicia por pura atracción física.

Ahora imagínate si combinas, en una misma película, los clichés de estos dos géneros, con la estética de las películas de Disney o de la Twentieth Century que veíamos en la infancia, en esa época dorada en que época prenavideña era sinónimo de vacaciones, cero tareas y mucha tele. Más de la que recomendarían los pedagogos y psicólogos.

¿Por qué escribo todo esto? Porque acabo de ver la película Un príncipe de Navidad, de Netflix. Mucha gente que conozco la ha estado viendo. Y muchos medios han hecho eco de lo que parece ser la bomba navideña del año. Así que la tenía que ver, para ver qué tal, cómo iba todo.

¿Qué puedo decir? Que es bien cliché (chicas, por favor, todavía no salgan de la página, que también tengo algo bueno que decir). Lo resumiré así: una joven e inexperta editora llamada Amber busca la gran oportunidad de su vida (¿no les parece conocida la historia?).

Al poco tiempo llega el gran momento que la podría catapultar al éxito: le han asignado realizar una cobertura periodística en un país imposible de ubicar en el mapa. Porque el nombre es inventado, por supuesto, como en las películas El príncipe de Zamunda y El diario de la princesa, con Anne Hathaway. En el lugar, debe reportar la noticia de un príncipe heredero de nombre Richard, que parece que no se decide a tomar las riendas de su reino.

Es, pues, un cuento clásico (quienes estudian literatura habrán descubierto ya los arquetipos) y está plasmado en una historia contemporánea en la que, sin embargo, como en toda fantasía, cualquier cosa puede ser posible.

El príncipe en cuestión no podía ser más… ¿cómo le podríamos llamar? ¿Más “príncipe, más típico? Es guapo, de esos que llamamos “con perfil griego”. Un donjuán completo. Se rumora que es un playboy incorregible. Se desaparece por largos periodos. Se dice que es un hombre-niño rico mimado, que no asume responsabilidades.

Todos creen que es caprichoso, y con el transcurrir del argumento nos damos cuenta de que, además, es misterioso, guarda secretos y ha sufrido una terrible pérdida que lo ha dejado, por decirlo de alguna forma, “huérfano emocionalmente”. Tiene, como todo buen chico rudo de dorama, un lado débil. Muy débil.

Amber, por su parte, es bonita pero no despampanante (lo cual hace que la mayoría nos podamos identificar con ella). Y aunque parezca de esas chicas sosegadas, tiene suficientes agallas.

Y para aderezar la historia, y agregarle humor, hay un personaje que se convierte en la ayudante de nuestra heroína: la hermanita de Richard, Emily, una niña con un sentido del humor característico, que permanece en silla de ruedas o que anda en muletas, y que tiene mucho sentido común e inteligencia.

No podía faltar el momento cenicienta. Vía Trendolizer.

En esta película hay villanos, traiciones, lucha de poder. El sentimiento de tener ante sí unos zapatos demasiado grandes que llenar. La búsqueda de la identidad. Se nos relata el peso que tiene el poder sobre los hombros de las personas y qué pasa cuando el peso es demasiado, a tal punto que motiva a escapar sin mirar atrás.

Hasta aquí, todo es cliché. Bastante cliché, cliché, cliché. Ahora vamos con la otra parte: la de lo positivo. Debo decir que, aunque no me ha sojuzgado, ni me ha dejado pensando ni nada de eso, vi la película en dos días distintos porque no tenía tiempo pero, a la vez, quería saber el final. Aunque supiera, en un dos por tres, qué pasaría en los siguientes 10, 20 o 30 minutos del film.

¿Por qué no le apliqué a esta película la prueba de los quince minutos (si a los quince minutos no hay algo sorprendente, mejor “retírate lentamente”)? Porque me gustaron los preciosos paisajes repletos de nieve, la musiquilla de fondo que aparece en los momentos cruciales y la luz con que se inunda cada toma.

Además, aprecio que la estética y el desarrollo me recordaran a algo que es tan poco técnico y parece irrelevante, pero que para mí es necesario: a mi infancia. Porque aunque no sueñe con un príncipe azul (los sapos buena onda, buenas personas e inteligentes me parecen más atractivos que los complicados príncipes), este film tiene ese aire nostálgico que recuerdo de las películas navideñas de cuando tenía unos 10 años de edad.

“Solo en casa” sigue siendo un clásico. Vía IMDd.

Esta la vimos más grandecitas: “Love actually”, un clásico de lo que yo llamaría el género “romántico-navideño”. Vía Entretenimiento.facilísimo.

Tiene esa misma fórmula que tanto nos gustaba. La Navidad que se vive en la película es limpia y parece perfecta. Y todo es bonito. Como cuando nos sentábamos a ver las películas navideñas que nos parecían maravillosas, quizás no porque fueran buenas, sino porque las asociábamos con las vacaciones, el tiempo compartido con los amigos y los hermanos, y a levantarse tarde.

¿Algo más que deba agregar? Sí, que me encanta que el tema de afrontar una condición médica complicada sea parte de la trama. Emily es valiente, y gracias a ella, y a varias escenas en las que es protagonista, se deslizan frases como “(el) linaje masculino: es muy injusto”, “la nobleza que insiste en sus títulos conduce un Ferrari”, y “puedes hacer lo que quieras: no eres de porcelana”.

Un príncipe de Navidad no se quedará en mi corazón para siempre. No me atrevo a recomendarla ampliamente. Lo siento. Pero, por el momento, es la mejor película navideña, reciente, que he visto. Y me ha divertido y quitado el estrés de la jornada.

Eso sí: el tema del príncipe y la chica de pueblo me tiene muy agotada. Meghan y Harry han contribuido a eso, así como el chick lit y las telenovelas. Pero bueno, uno no puede pedir que el mundo (y los clichés) cambien de un día para otro.

En diciembre, aunque no sea del todo real, todo se ve bajo un prisma más amable. Fantaseamos con el año que vendrá y con la vida que nos aguarda. A veces, llegamos a creer en las probabilidades que no suelen ocurrir a menos que dos planetas colisionen. Así que, ¿por qué no ceder a la nostalgia y a la fantasía?

Sin duda, con que no nos motive a salir a las calles a buscar a nuestro propio príncipe Richard, y a despreciar a los maravillosos seres humanos (o sapitos) que nos puedan complementar, me parece que Un príncipe de Navidad es una película no muy buena, pero que no mata ni envenena.